sábado, 26 de mayo de 2012

En los tiempos difíciles


Mientras tanto, la iglesia disfrutaba de paz a la vez que se consolidaba en toda Judea, Galilea y Samaria, pues vivía en el temor del Señor. E iba creciendo en número, fortalecida por el Espíritu Santo. (Hechos 9:31)

A veces la vida en este mundo es difícil e incómoda… y a veces muy dolorosa. Cuando esos tiempos vengan a tu vida, tú necesitas profundamente el consuelo que sólo el Espíritu Santo puede dar.

¿Cómo puedes recibir esa clase de consuelo?

Haciendo exactamente lo que hicieron los creyentes en el libro de los Hechos. Al vivir “en el temor de Dios”.

Cuando se habla del “temor del Señor”, por favor comprende, no estoy diciendo que debes tenerle miedo a Dios. ¡Él es tu Padre! Tú debes estar seguro y sin miedos cuando vengas delante de Él como un niño que sabe que es querido.

Pero también debes tener tanto respeto por Él, que cuando te revele algo que necesitas hacer, lo hagas inmediatamente, aunque vaya contra tus deseos naturales. Eso es andar en el temor de Dios, el obedecerle, el creerle, el andar en Fe y no por vista.

Déjame mostrarte lo que quiero decir. Una vez, hace un par de días, antes de ir a predicar a una reunión, recibí una llamada telefónica muy desconcertante. Eran noticias dolorosas sobre una situación en la que uno de mis familiares había sido agraviado. La noticia traspasó mi corazón.

Lloré, y en lo natural quería enojarme, tomar venganza de alguna manera. Pero en cambio, comencé a orar en otras lenguas. Mientras yo oraba, fui inquietada en mi espíritu a regocijarme y a alabar al Señor.

Desde entonces, no tenía deseos de alabar. Sentía deseos de desaparecer. Pero por respeto a Dios, dejé mis sentimientos a un lado y obedecí. Y muchas veces somos así, no solamente en este tipo de circunstancia que te di como ejemplo, sino en otros aspectos de nuestras vidas. Pero debemos obedecerle al Señor. 

Luego, el Espíritu Santo me guió a leer una profecía. Mientras leía podía decir que estaba siendo fortalecida. De repente, me di cuenta que ya estaba libre, por mi obediencia, había abierto el poder consolador del Espíritu Santo en mí. ¡El enojo y el dolor que me habían inundado antes se habían ido! Habían sido remplazados por el amor tierno y la promesa tranquilizadora del Señor.

No importa lo difícil o lo doloroso que sea la situación que estés enfrentando, confía y obedece las instrucciones de tu Padre. ¡Él te dará ese consuelo sobrenatural, inspirado por el Espíritu Santo, disponible para ti!


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