domingo, 5 de febrero de 2012

¿A quién te pareces?


Porque el Señor y el Espíritu son uno mismo, y donde está el Espíritu del Señor hay libertad. Y nosotros no tenemos ningún velo que nos cubra la cara. Somos como un espejo que refleja la grandeza del Señor, quien cambia nuestra vida. Gracias a la acción de su Espíritu en nosotros, cada vez nos parecemos más a él. 2 Corintios 3:17-18

Durante toda nuestra infancia nos han comparado con nuestros familiares, o tíos, o primos, o abuelos. Seguro a ti te han dicho “Eres muy parecido a tu papá”, “Tú tienes los mismos gestos que tu mamá”, “Esos ojos los has sacado de tu abuelo”, “Tienes rasgos de tu abuela”. Siempre nos han comparado, es típico.

En lo personal toda la vida me han comparado con mi papá. Y pensando en esto, yo entendí…Si como cristianos hemos vuelto a nacer, también la gente tiene que compararnos con nuestro nuevo Papá. Papá Dios. ¿Nos estamos pareciendo? O ¿Seguimos pareciéndonos a quien reina en el mundo, Satanás? ¿Qué actitudes de Jesús estamos teniendo y cuáles estamos rechazando?

Pablo comenzaba explicando esto con una comparación: Dios y Su espíritu (que está en nosotros) son uno mismo, donde está el Espíritu de Dios (que está en nosotros, repito) hay LIBERTAD. Por lo tanto, dentro de ti ¿Hay libertad? O ¿Aún tienes actitudes que tenías antes de volver a nacer? ¿Algo te ata? Quizás estés atado a ser chismoso, al egoísmo, al orgullo, al hablar de más, tal vez algún vicio como el alcohol o la pornografía, pero lo cierto es que si tú has nacido de nuevo, dentro de ti no tendrían que existir estas cosas.

Nosotros ya no tenemos un velo que nos cubra la cara. Quizás muchos de los que estén leyendo esto hayan nacido en familia cristiana (aunque seguro alguna vez buscaron la felicidad en cosas que no eran de Dios). Déjenme explicarles. Cuando yo estaba en el mundo vivía con un velo en la cara. Tratábamos de ponernos una máscara buscando la felicidad en cosas que no nos llenaban realmente. Creíamos que éramos felices pero por dentro nuestras almas estaban vacías.

Hemos vuelto a nacer, ahora somos como somos y somos lo que somos ¡Ya basta de aparentar! Dios ve y sabe cada uno de nuestros secretos. Claro está escrito en el versículo “Somos como un espejo que refleja la grandeza del Señor, quien cambia nuestra vida”. Si verdaderamente somos hijos del Señor, nos tenemos que parecer a Él. Nuestras actitudes deben reflejar la grandeza de Dios. Nuestro testimonio debe demostrar que hemos cambiado.

Claro que no somos perfectos, dice la Biblia que es Dios quien nos irá perfeccionando hasta cumplir Su obra en nosotros. Dejemos que Dios nos moldee. Si nosotros actuamos mal y decimos ser hijos de Dios, el nombre que se ensucia es el santo nombre de Jesús, no el nuestro. Gracias al Espíritu Santo que vive en nosotros es que nos parecemos más a nuestro Papá.

Entonces te pregunto, ¿A quién te estás pareciendo? ¿A Jesús o al padre del mundo? Mis hermanos, yo no soy perfecta. Pero el día de mañana, hoy mismo y siempre, quiero que cuando me vean caminar, hablar y responder, me digan “Realmente tú te pareces a tu Papá”, “En verdad tú eres una hija de Dios”, “De veras que esa actitud es la que Jesús hubiera tenido, te pareces a Él”.

No quiero ser Jesús, sólo Él es Él. Pero si somos hijos de Dios, debemos parecernos a Él, buscando agradarle y darle la Gloria. ¿Cuántos de ustedes quisieran que les dijeran “Te pareces a Jesús”? ¿¡Cuántos?! Yo seguro. Así que pídele a Dios que te guíe e instruya. Porque desde que has vuelto a nacer, ya no tienes un velo en tu cara. Tu felicidad es Jesús, y tu meta es el cielo. Sigue en el camino tratando de forjar el carácter de Cristo.


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